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17/12/09

CUANDO LA SANGRE CORDOBESA DE HUNDÍA EN EL COSO VALENCIANO LA TARDE DEL 21 DE JULIO DEL 2000.

Brindó su toro al respetable

Así de bien se hacía con él
Entró a matar o a morir

El pitón entró por el muslo derecho


Figuerola con la oreja que le cortó al burel




El País. JOAQUÍN VIDAL. Cogida grave de José Luis Moreno

El tercer victorino le pegó una cornada tremenda a José Luis Moreno. No es que resultara espectacular; por el contrario parecía que el toro simplemente lo había derribado.
Ocurrió al entrar a matar. Moreno, que tenía en puertas el triunfo después de su valerosa faena -las emociones que provocó la casta del victorino fueron muchas, el público estaba entregado- pinchó en su primer intento de volapié. Y al segundo, sin duda por asegurar la estocada, se volcó.
Visto y no visto, Moreno cayó al suelo y cuando se incorporó llevaba una copiosa hemorragia en el muslo. Las cuadrillas, los otros matadores, corrieron a socorrerle, lo auparon a puñados, lo trasladaron en volandas a la enfermería y si el torero llevaba un rictus de dolor intenso, el de quienes lo portaban era de espanto. Cuando volvieron iban todos ensangrentados.
Se temió lo peor, ya puede imaginarse. Hasta que de la enfermería llegaron pronto noticias de que la cornada, ciertamente grave, no comportaba especiales complicaciones.
Una oreja premió la faena de José Luis Moreno, que había tenido al público en vilo. El toro, uno de los más chicos de la feria, sacó una casta excepcional, y pues embestía recrecido y perseguía codicioso el engaño, cada pase que le daba José Luis Moreno se convertía en un pasaje angustioso.
A la agresividad del toro correspondió José Luis Moreno con ambición de triunfo y torería, y logró ejecutar tandas de redondos y naturales, estupendamente rematadas con los pases de pecho. Entró a matar... Y, en fin, acaeció el infortunio.
La primera mitad de la corrida estuvo muy argumentada por la casta de los toros y el valor de los toreros. Óscar Higares le hizo larga y no siempre bien conjuntada faena a un toro pastueño que seguramente mereció más arte en la ejecución de las suertes.
En cambio con el quinto estuvo valentísimo Óscar Higares. Y pese a sufrir una aparatosa voltereta al salir de un derechazo, de la que resultó con dos dedos fracturados, continuó pundonoroso, desmedido en su generosa entrega, y se llevó otra oreja que el público valenciano solicitó por aclamación.
El triunfalismo -podríamos llamarlo orejismo- vivía su tarde de gloria. Los orejistas convencidos recibían en esta corrida el desquite de la penuria orejil habida en la feria, con una lluvia de orejas no siempre bien distribuida. Ya se sabe que nunca llueve a gusto de todos. Y si son orejas, dará igual, es de suponer.
Las obtuvo en mayor cantidad Zotoluco, que cortó tres -una por toro- merced a tres lidias llevadas con autoridad y maestría; merced a tres faenas de muleta realizadas desde la valentía y concebidas con sentido dominador.
Una atención especial merece este Zotoluco, venido de México a principio de temporada, que está demostrando unas cualidades singulares en la interpretación del arte de torear. En Valencia, como antes en Pamplona y en Madrid, desarrolló un toreo perfectamente ajustado a los cánones, y de muy honda y muy auténtica interpretación.
México -la tauromaquia mexicana, se quiere decir- dejaba su impronta en esta función de la feria valenciana, desde luego con Zotoluco y quizá aún más con su picador Efrén Acosta, que dio una inesperada y bellísima lección de toreo ecuestre.
El cuarto toro, bravo y poderoso, lo derribó con estrépito y aunque querían llevarlo a la enfermería, Efrén Acosta se negó. Montó de nuevo el jamelgo, botó sobre la silla mexicana que había sacado, y citó al victorino. De muy lejos se arrancó el toro, Acosta lo esperó de frente con la vara en alto, y un punto antes de producirse el encuentro la tiró al morrillo, se apalancó en ella deteniendo la acometida y vació la suerte dando limpiamente la salida al toro por delante del caballo.
Una ovación de gala premió el puyazo de Efrén Acosta-¡lo mejor de la feria!- y después Zotoluco le brindó el toro.
La corrida de los victorinos pudo ser memorable. Si no fuera por las cogidas cabría decir que constituyó un gran espectáculo.


ABC. VICENTE ZABALA DE LA SERNA. Grave cornada de José Luis Moreno y consagración de El Zotoluco en una victorinada histórica
La seda blanca y virginal de la taleguilla de José Luis Moreno la sangre se expandía a una velocidad angustiosa, desbordando el cauce de la cornada en el muslo derecho. El astifino pitón del victorino se había hundido en la carne como un estilete. No quería el rubio cordobés que se le escapara un triunfo que casi se fugaba tras un pinchazo. Puso el alma en el siguiente volapié. A la par desaparecieron espada y pitón, hiriendo ambos, de mortal necesidad el acero. A cambio, un manantial de vida roja brotó como un géiser. Las cuadrillas intuyeron rápidamente la gravedad. Enseguida el torniquete, el gesto crispado de dolor y la dura imagen de la juventud desmadejada en manos del destino.
Había toreado Moreno muy largo, al ralentí sobre la mano derecha. Explotó la calidad del bruto, que blandeó de principio. Muletazos eternos y profundos se repitieron. No ocurrió así al natural, pitón más complicado y tobillero. Antes de la hora crucial, un ayudado por bajo iluminó la mirada artística de Reus. La emoción continuó cuando el peonaje paseó la oreja. La presidencia mantuvo la tranquilidad y no concedió el segundo trofeo.
Y ahí no acabó la cosa. Tanta paciencia mereció la pena: toros de verdad y toreros dispuestos a la gloria. Aunque no todo el mundo soportó los días anteriores: anteayer, un hombre venerable por su edad apareció muerto en una naya, cuando el espectáculo había tocado a su fin y las luces deslumbrantes de los focos daban paso a la oscuridad. Nadie se había fijado en su muerte. Quizá ni el rictus se reflejaba en su rostro. No aplaudía, como no aplaudía nadie, y lo imagino cabizbajo, como todos, como especialmente quienes conocieron la Feria de Julio en su esplendor y recuerdan la Fiesta en su apogeo, como ayer. Entre añoranzas supongo la parada del corazón del anciano, entre oles de un tiempo pasado, de una época mejor. Murió como muere la afición ante la desidia y el descaro de los taurinos o la irresponsabilidad de unas figuras aburguesadas en la tranquilidad de la firma anticipada de los noventa contratos.
Ni vio los victorinos ni cómo El Zotoluco alcanzó la gloria, como comprobaron «in situ» Salvador Fornés, director general de Universidades, y Fernando Coquillach. Ya lo anunciábamos el otro día: este mexicano pide paso a gritos. Por justicia, debe ser así. Anduvo valiente hasta decir basta y templado y sereno con su primero, un buen toro, aunque había que llevarlo. Media estocada defectuosa y efectiva, con el matador rodando peligrosamente por la arena, precedió a una merecida oreja.
La emoción se apoderó de nuevo de los tendidos cuando el bravo cuarto derribó con estrépito. Efrén Acosta quedó atrapado bajo el caballo. Otra vez los momentos de angustia dominaron el pulso de la plaza. El bizarro varilarguero se incorporó medio grogui, recuperó su puesto en la montura y ejecutó con torería y pureza un puyazo extraordinario mientras las ovaciones recorrían el aire con una intensidad emotiva. Zotoluco le brindó a Acosta la muerte del cornúpeta, y volvió a demostrar los mismos argumentos que atesora. Otro trofeo le abrió la puerta grande, sin que a nadie le pasara desapercibido que Yestera bordó dos pares de banderillas y El Boni dibujó unos mandones capotazos.
Rubricó su consagración ante el sexto, un tío de casi seis años que derrochó una bravura inolvidable en el caballo. Tres veces acudió bajo el peto, humillado al máximo. El Zotoluco no se vino abajo por el hecho de haberse quedado solo, pues Higares también se había metido en la enfermería tras una voltereta seria. Corrió la mano con una templanza magnífica, por ambos pitones, asentado y anclado al ruedo con el peso de la importancia.
Como curiosidad figurará en los anales que ninguno de los tres matadores anunciados comparecieron. Óscar Higares cumplió con el noble segundo, que careció de fuelle para soportar con el mismo recorrido e idéntica intensidad la faena. El diestro madrileño principió entonado, cuajó una serie diestra fenomenal y vio, impotente, como la obra se desmoranaba poco a poco.
No desentonó y se creció con el quinto, que embestía con todo cuando se arrancaba. Se libró de milagro de la cornada y cortó una oreja.
«¡Victorino, Victorino!», coreaban los tendidos mientras el ganadero daba la vuelta al ruedo con El Zotoluco en el adiós.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Corridón con sangre
Lo había bordado José Luis Moreno. Y apareció, otra vez, la sombra de los pinchazos, la espada roma. Pinchó a la primera y entró a morir en el segundo envite. Quedó colgado del pitón; una rosa de sangre en la taleguilla blanca inmaculada. Y se lo llevaron a la enfermería yéndosele la color por un chorro de sangre que un torniquete apresurado apenas lograba contener. El toro salió muerto del embroque; tal para cual: un vitorino encastado y un torero ejemplar. La señora presidenta, Amparo Renau, le negó a Moreno la segunda oreja, que venía avalada con sangre; la señora presidenta se puso estrecha y se guardó la segunda oreja que, sin duda, le pertenece. Vale. Sin sangre de por medio, que siempre propicia el sentimentalismo del crítico, me gustaría ver a doña Amparo Renau con la misma firmeza delante de las figuras. Con sangre o sin sangre. José Luis Moreno se está haciendo un especialista en vitorinos. Pero en lo que el cordobés es de verdad un especialista es en el toreo bueno. El pitón derecho era un sueño. Y por ahí José Luis Moreno templó el muletazo, bajó la mano, remató en el lugar adecuado y se quedaba colocado para el próximo pase con aplomo y torería verdadera. Le costó templar por la izquierda y cuando lo hizo surgió un natural inmenso y un pase de pecho interminable. Trincherazos, pases de la firma y más adornos. Un torero, que toreó lento y armónico, para un toro de singular nobleza.
Encastado, codicioso, fijo y haciendo el avión el primer vitorino. Toro para haberle lucido más en el caballo: toro de vuelta al ruedo que la plaza no pidió. El extraordinario juego del resto de la corrida quizá diluya un poco la clase de este vitorino. Zotoluco le cortó una oreja. Y nada que oponer, salvo que debió haberle cortado las dos. En suma, el mexicano cumplió como los buenos. Pudo haber corrido la mano un poco más y alargar más el muletazo. Mas, en definitiva, le echó casta, buenas dosis de temple y de arrojo. Media defectuosa y trasera de la que dobló el bicho.
Descabalgó el cuarto a Efrén Acosta, zarandeó violentamente al caballo, lo rebozó contra el picador que yacía aplastado en el suelo. Verdadera raza de toro bravo, verdadera raza de picador. Cabalgó de nuevo maltrecho y dolorido Efrén Acosta y, en vez de vengarse sanguinario, tiró el palo cuando el vitorino se le arrancó desde los medios: puyazo arriba y soberbio, brazo fuerte. A partir de aquí ya todo estaba a favor de corriente para Zotoluco: el puyazo de Efrén Acosta, las banderillas de Yesteras y de Rodolfo Ramírez. Y por si fuera poco el mexicano hizo un brindis emocionado y torerísimo a su picador. Muletazos emotivos, largos, toreo por bajo, temple de Zotoluco. Le ha cogido el aire a esto de los toros encastados el bravo mexicano, torea con más clase y más enjundia de lo que se podía esperar. Se reconfirmó a sí mismo en el sexto, aprovechando su buena racha y aprovechando la espectacularidad de presencia y de embestida del vitorino: Zotoluco, puritito macho.
Hasta Oscar Higares toreó bien ayer. Sobre todo en el quinto, al que aguantó con garra y sin arrugarse. Lo que no había conseguido en el segundo, frenar y reconducir la embestida, lo consiguió en el quinto. Muletazos largos; incluso temple. Se redimió así de sus dudas anteriores. Tenía mucho que torear el tercero y había que ponerse en el sitio: cuestión de terrenos y de colocación. Y Oscar Higares se colocó muy pocas veces. Las dos únicas veces que se colocó el vitorino fue largo y claro tanto por la derecha como por la izquierda.
Ha sido una tarde de gloria y de sangre; gloria de la cabaña brava, gloria del toro de lidia y gloria de los matadores. Una tarde en la que todos tocaron pelo menos José Luis Moreno, que estaba en el hule mientras su cuadrilla paseaba la oreja. Revelación de Zotoluco, ascenso de Oscar Higares. Y Vitorino Martín en la gloria y en el Olimpo por siempre jamás, amén.

Estas son las crónicas de la época extaridas en su conjunto de Portal Taurino. Las fotos las he recibido hoy mismo y son cortesía de Rafael Mateo Romero (Negrozaino). Mil gracias amigo.